30/5/08
"Nos corren el arco", vieja frase muy en boga estos días.
¿A quién se le ocurriría mover un arco en medio del partido? Hay que ser medio huevón para intentarlo.
Me hace acordar a aquel bolas de la canchita del bajo. No me olvido más.
Si bien la noche estaba fresca, el picado estaba calentito, chivo en serio. Nadie jodía ni regalaba nada. El juego estaba en el otro arco, un verdadero asedio con el gol al caer. Encima, era gol gana. ¡Gol gana, viejo! El pancho y la coca de arribeños mirándole la carita a los que pagaban y, además, te alcanzaban la mostaza. ¡Flor de trofeo!
No sé que le pasó a este pajarón que teníamos de arquero. De golpe se la dió de Sansón ó Rubén El Ancho Peucelle, andá a saber. Se paró en el medio del arco y quiso levantarlo, como un campeón olímpico de pesas, y llevárselo vaya uno a saber dónde y para qué. Como era medio larguirucho le sobraba la altura.
Imaginátelo al flaco, bien afirmado en sus piernas largas estiradas y separadas, los brazos extendidos hasta quedar casi doblados para atrás. De frente tenía forma de X el tipo y para mantener el equilibrio estaba medio arqueado para adelante, como queriendo abrir una puerta con el ombligo. La postura lo obligaba a mirar para arriba, controlando el equilibrio inestable del travesaño. ¡Levantó el arco como medio metro, el mono! Parecía una escultura hecha por un enajenado.
Por eso no vió venir el contragolpe. Bajó la vista cuando oyó el zapatazo pero, por más reflejos que tuviera, no le dió el tiempo. El impacto sonó como una explosión ahogada, submarina.
Cayó doblado como una bisagra, sin hacer ningún ruido. El arco quedó en su lugar, balanceándose peligrosamente. Un quejido asfixiado fué la única manifestación de vida del pobre cristiano. Con el criquet de mi fitito pudimos enderezarlo y recuperar la pelota que había quedado atrapada en el nidal de sus entrañas más sensibles.
El partido terminó empatado y al flaco le hicieron una tomografía. Hoy te habla con voz aflautada, pero se le entiende. Juega de 7.
martes, 9 de junio de 2009
En el ropero
- Me estás pisando, Pardo -se quejó el Negro, sin llegar a enojarse.
- Disculpá, hermano, pero es lo único que sé hacer. O más bien que me hacen hacer -respondió el Pardo, resoplando- y agradecé que no tengo el pie adentro. Encima, acá estamos muy amontonados. A mi compadre lo perdí hace rato.
- Claro, también con las revueltas que hace este tipo como para no perderse -intervino el Náutico- A mi compañero puedo verlo desde acá, pero apenas una punta. Si nos llega a necesitar se arma otra revuelta y lo pierdo.
- Qué lo parió, no? Unos para acá, otros para allá y arreglátelas -opinó la Bigotuda vieja- una merece un mejor trato, que embromar!. Cuando pienso que mis parientes se la pasan al aire libre entre la tierra y la gramilla, yo acá me siento una pantufla. Apenas sirvo pa' eso y, a veces, como herramienta para matar cucarachas, arañas y mariposas de noche -se lamentó.
- El que no puede quejarse es el Cajetilla Inglés - rezongó, veleidosa, la Esponjosa - que tiene su lugar propio, aislado, anda impecable y sólo sale para grandes ocasiones. A mí me agarran 3 veces por semana y a correr sin parar, pisando barro, pasto, piedras y todo tipo de cosas que dañan mi piel - dijo, desde su voluptuosidad semi fosforescente.
- Por ahora está tranquilo el Cajetilla, ojo -dijo el Negro- Yo ya pasé por esa. Te creés el rey. Pisás unas alfombras bárbaras, vas despacito, todo es blando y suave. Hasta que, por alguna de esas cosas, te lastimás y fuiste. Chau, a patear la calle.
- ¿Sabés las veces que tuve que bancarme la puerta del subte para que no se cierren? -se jactó el Pardo- estas costillas se aguantaron varias apretadas.
- Díganme mocitos, ¿qué hay allá atrás que está todo escuro como cueva de peludo? -preguntó la Bigotuda vieja- ¿Alguien anduvo por ahí?
- Una vez ví salir a un par que estaban como piedra. Debe ser jodido. -dijo el Pardo, queriendo descifrar la oscuridad.
- Es jodido. - sostuvo una voz lastimera que venía de la negrura. - No sabés cuánto. - se lamentó en un suspiro prolongadísimo y profundo.
- A la perinola! - se asustó el Nautico. ¿Quién anda ahí?
- El Timbo -respondió la voz- y estoy acá antes que todos ustedes, salvo el Negro y el Pardo. El Timbo continuó su monólogo- Ese par que vieron salir petrificados eran para la cancha de pasto. Yo estoy destinado a canchas de alfombra y esas yerbas modernas. Llegamos acá el mismo día, con la misma ilusión. De día salía él y de noche me tocaba a mí. Eso duró dos semanas. Después vino el frío y nos fueron corriendo para atrás, fuera de la luz. Ya perdí mi brillo y flexibilidad. En el próximo orden de este ropero soy historia, amigos.
Un silencio espeso se adueñó del pequeño recinto, dominado sólo por un acre olor a pata.
- Disculpá, hermano, pero es lo único que sé hacer. O más bien que me hacen hacer -respondió el Pardo, resoplando- y agradecé que no tengo el pie adentro. Encima, acá estamos muy amontonados. A mi compadre lo perdí hace rato.
- Claro, también con las revueltas que hace este tipo como para no perderse -intervino el Náutico- A mi compañero puedo verlo desde acá, pero apenas una punta. Si nos llega a necesitar se arma otra revuelta y lo pierdo.
- Qué lo parió, no? Unos para acá, otros para allá y arreglátelas -opinó la Bigotuda vieja- una merece un mejor trato, que embromar!. Cuando pienso que mis parientes se la pasan al aire libre entre la tierra y la gramilla, yo acá me siento una pantufla. Apenas sirvo pa' eso y, a veces, como herramienta para matar cucarachas, arañas y mariposas de noche -se lamentó.
- El que no puede quejarse es el Cajetilla Inglés - rezongó, veleidosa, la Esponjosa - que tiene su lugar propio, aislado, anda impecable y sólo sale para grandes ocasiones. A mí me agarran 3 veces por semana y a correr sin parar, pisando barro, pasto, piedras y todo tipo de cosas que dañan mi piel - dijo, desde su voluptuosidad semi fosforescente.
- Por ahora está tranquilo el Cajetilla, ojo -dijo el Negro- Yo ya pasé por esa. Te creés el rey. Pisás unas alfombras bárbaras, vas despacito, todo es blando y suave. Hasta que, por alguna de esas cosas, te lastimás y fuiste. Chau, a patear la calle.
- ¿Sabés las veces que tuve que bancarme la puerta del subte para que no se cierren? -se jactó el Pardo- estas costillas se aguantaron varias apretadas.
- Díganme mocitos, ¿qué hay allá atrás que está todo escuro como cueva de peludo? -preguntó la Bigotuda vieja- ¿Alguien anduvo por ahí?
- Una vez ví salir a un par que estaban como piedra. Debe ser jodido. -dijo el Pardo, queriendo descifrar la oscuridad.
- Es jodido. - sostuvo una voz lastimera que venía de la negrura. - No sabés cuánto. - se lamentó en un suspiro prolongadísimo y profundo.
- A la perinola! - se asustó el Nautico. ¿Quién anda ahí?
- El Timbo -respondió la voz- y estoy acá antes que todos ustedes, salvo el Negro y el Pardo. El Timbo continuó su monólogo- Ese par que vieron salir petrificados eran para la cancha de pasto. Yo estoy destinado a canchas de alfombra y esas yerbas modernas. Llegamos acá el mismo día, con la misma ilusión. De día salía él y de noche me tocaba a mí. Eso duró dos semanas. Después vino el frío y nos fueron corriendo para atrás, fuera de la luz. Ya perdí mi brillo y flexibilidad. En el próximo orden de este ropero soy historia, amigos.
Un silencio espeso se adueñó del pequeño recinto, dominado sólo por un acre olor a pata.
Rompiendo la pecera
16/5/08
Ahí estaba mirando a través del vidrio y sufría. El sol bañaba todo. Arboles, calles, plantas y animales eran acariciados por sus cálidos rayos. El esplendor del cielo desbordaba por la intensidad de su color, resaltando la escena. Las aves revoloteaban de rama en rama con danzas primaverales para luego perderse tras ondulantes follajes lejanos. La vida reventaba en cada color y movimiento haciendo irresistible su contemplación.
Se levantó y abrió la ventana, buscando mayor intensidad. Una bofetada de aire puro y fresco, casi efervescente, untado de aroma a pasto recién cortado lo estremeció. Llenó sus pulmones con él y su alma casi marchita reverdeció, aumentando sus sensibilidad. Se mantuvo apoyado en el marco de la ventana no más de un par de minutos hasta que no pudo más. Temblando, la cerró y le dió la espalda.
El monitor de su computadora lo miraba glacialmente, a pesar de los intensos colores de su pantalla. Un travieso haz de sol lo empalideció hasta casi hacer desaparecer su contenido. Se quedó mirándolo unos segundos, como sopesando una desición y. en un arrebato, corrió las cortinas sin mirar afuera y se dejó caer en la silla. Exhalando, se dijo a sí mismo "¿Qué carajo hago acá?". La pantalla lo agredía con titilaciones que reclamaban imperiosamente la atención para tareas presentadas como urgentes e impostergables. "Bueno, metámosle para adelante, no queda otra", se alentó y retomó su labor, con mucho esfuerzo. Se restregó los ojos y, como un autómata, se abalanzó sobre el teclado aferrando el mouse como si tuviera un poderoso imán. El recuerdo de la reciente visión se le hacía recurrente, haciéndole escabrosa su tarea. De a poco, pudo concentrarse y mejorar su ritmo. El silencio se adueñó del ambiente y sólo se escuchaba el rítmico teclear de sus dedos.
Hasta que llegó el grito.
Un grito lejano, mínimo, casi imperceptible, aunque de una densidad que llega hasta lo más profundo del ser. Como el golpe de una ola de mar encabritado contra la roca. Algo que no sobresalta pero conmueve. Sin tragedia, todo lo contrario. Paradójicamente, ésta se percibía en la parte de silencio que lo rodeó.
Sin poder pensar más, ni importarle guardar lo realizado, apagó su computadora con una patada al botón de la CPU y salió corriendo, a prendrese al fulbito que se jugaba en la plaza de enfrente.
Ahí estaba mirando a través del vidrio y sufría. El sol bañaba todo. Arboles, calles, plantas y animales eran acariciados por sus cálidos rayos. El esplendor del cielo desbordaba por la intensidad de su color, resaltando la escena. Las aves revoloteaban de rama en rama con danzas primaverales para luego perderse tras ondulantes follajes lejanos. La vida reventaba en cada color y movimiento haciendo irresistible su contemplación.
Se levantó y abrió la ventana, buscando mayor intensidad. Una bofetada de aire puro y fresco, casi efervescente, untado de aroma a pasto recién cortado lo estremeció. Llenó sus pulmones con él y su alma casi marchita reverdeció, aumentando sus sensibilidad. Se mantuvo apoyado en el marco de la ventana no más de un par de minutos hasta que no pudo más. Temblando, la cerró y le dió la espalda.
El monitor de su computadora lo miraba glacialmente, a pesar de los intensos colores de su pantalla. Un travieso haz de sol lo empalideció hasta casi hacer desaparecer su contenido. Se quedó mirándolo unos segundos, como sopesando una desición y. en un arrebato, corrió las cortinas sin mirar afuera y se dejó caer en la silla. Exhalando, se dijo a sí mismo "¿Qué carajo hago acá?". La pantalla lo agredía con titilaciones que reclamaban imperiosamente la atención para tareas presentadas como urgentes e impostergables. "Bueno, metámosle para adelante, no queda otra", se alentó y retomó su labor, con mucho esfuerzo. Se restregó los ojos y, como un autómata, se abalanzó sobre el teclado aferrando el mouse como si tuviera un poderoso imán. El recuerdo de la reciente visión se le hacía recurrente, haciéndole escabrosa su tarea. De a poco, pudo concentrarse y mejorar su ritmo. El silencio se adueñó del ambiente y sólo se escuchaba el rítmico teclear de sus dedos.
Hasta que llegó el grito.
Un grito lejano, mínimo, casi imperceptible, aunque de una densidad que llega hasta lo más profundo del ser. Como el golpe de una ola de mar encabritado contra la roca. Algo que no sobresalta pero conmueve. Sin tragedia, todo lo contrario. Paradójicamente, ésta se percibía en la parte de silencio que lo rodeó.
Sin poder pensar más, ni importarle guardar lo realizado, apagó su computadora con una patada al botón de la CPU y salió corriendo, a prendrese al fulbito que se jugaba en la plaza de enfrente.
Humo en la urbe
9/5/08 Quema de pastizales en el Delta
Qué raro está todo, hermano.
O casi todo. Raro y feo.
No se termina de ir el humo de los pajonales que se cierne, como la sombra de un Sauron sudamericano, la apocalíptica ceniza volcánica cubriendo fantasmagóricamente nuestra castigada atmósfera y geografía. Para colmo, Frodo Randazzo deja bastante que desear. Otra vez el paisanaje a la ruta, escarapela en pecho y yuyo en bolsa. No aparece el rouge de la señora en la Louis Vuitton que, encima, está cada día más cara. Se caen los camiones de las autopistas. Nuestra pastera enchastra más que la charrúa. ¿Quién vió u olió un litro de gasoil ó nafta? Ni querosén nos queda. Le clausuran la Bombonera a Juan Román, llueven limones sobre el asfalto y Barreda está en su casa. ¿Qué más?
Como frutilla del postre, el fulbito cae un martes 13, provocando su mención la rápida incursión de manos izquierdas en respectivos bolsillos de los pantalones de hombres escasos de fe, esperanza y caridad, ya que estamos.
Cerebros atormentados de indómita cabellera buscan infructuosamente explicaciones a esta cadena de sucesos, consultando con más frecuencia el último libro bíblico en busca de respuestas. Parece que la cosa pasa por otro lado, sostienen sujetos de avería que alimentan sus almas con subproductos de la destilería clandestina. Acodados en la gastada madera de mostradores suburbanos y elevando el dedo índice hasta casi tocar la telaraña del cielorraso, graznan a los cuatro vientos que nuestro planeta es el elemento de juego de una final universal y que acaban de patear un penal con él, que dió en el travesaño y cayó en la trifulca de la popu. Su ondulante auditorio reacciona emitiendo sonidos indefinidos entre la risa y el gargajo. Lo llamativo es que tanto la NASA como el CONAE no han descartado la versión y Stephen Hawking está revisando su teoría del big bang, confrontándola con los manuscritos de Empédocles.
Qué raro está todo, hermano.
O casi todo. Raro y feo.
No se termina de ir el humo de los pajonales que se cierne, como la sombra de un Sauron sudamericano, la apocalíptica ceniza volcánica cubriendo fantasmagóricamente nuestra castigada atmósfera y geografía. Para colmo, Frodo Randazzo deja bastante que desear. Otra vez el paisanaje a la ruta, escarapela en pecho y yuyo en bolsa. No aparece el rouge de la señora en la Louis Vuitton que, encima, está cada día más cara. Se caen los camiones de las autopistas. Nuestra pastera enchastra más que la charrúa. ¿Quién vió u olió un litro de gasoil ó nafta? Ni querosén nos queda. Le clausuran la Bombonera a Juan Román, llueven limones sobre el asfalto y Barreda está en su casa. ¿Qué más?
Como frutilla del postre, el fulbito cae un martes 13, provocando su mención la rápida incursión de manos izquierdas en respectivos bolsillos de los pantalones de hombres escasos de fe, esperanza y caridad, ya que estamos.
Cerebros atormentados de indómita cabellera buscan infructuosamente explicaciones a esta cadena de sucesos, consultando con más frecuencia el último libro bíblico en busca de respuestas. Parece que la cosa pasa por otro lado, sostienen sujetos de avería que alimentan sus almas con subproductos de la destilería clandestina. Acodados en la gastada madera de mostradores suburbanos y elevando el dedo índice hasta casi tocar la telaraña del cielorraso, graznan a los cuatro vientos que nuestro planeta es el elemento de juego de una final universal y que acaban de patear un penal con él, que dió en el travesaño y cayó en la trifulca de la popu. Su ondulante auditorio reacciona emitiendo sonidos indefinidos entre la risa y el gargajo. Lo llamativo es que tanto la NASA como el CONAE no han descartado la versión y Stephen Hawking está revisando su teoría del big bang, confrontándola con los manuscritos de Empédocles.
domingo, 7 de junio de 2009
Al costado
2/5/08
Estoy sentado al costado de la cancha, cerca de una difusa raya de cal que hace tiempo no repintan. No es problema, porque nadie va a discutir demasiado si la pelota se fué o no. Es un lugar donde hay poca acción y sin gran riesgo para ningún arco. Pero a veces pasan cerca y me impresiona la velocidad y la fuerza que tienen. Y él está entre ellos, con más fuerza que ninguno y su camiseta sucia y transpirada. Así como llegan, se van. Igual a un tropel de potros indomables.
Me molesta un poco el banderín descolorido y medio torcido de mitad de cancha, que a veces me obliga a inclinarme para ver mejor qué pasa allá lejos. Porque la cancha es enorme, tan grande que ni siquiera se escuchan las voces de los jugadores. De repente, la pelota sale rechazada volando tan lejos que parece que se va para siempre, pero cae cerca de la otra área. ¡Qué fuerte le pegan a la pelota!
Hace un rato terminó mi partido y me vine corriendo. Todavía estoy agitado. Ni me acuerdo como salimos, creo que fue un empate con muchos goles. Estoy sucio y medio mojado por el sudor. Me arde el raspón de la pierna que me hice al caer en el pasto seco despés de un choque. Las nubes no dejan pasar el calor del sol y sopla algo de viento que me da frío y con el buzo no alcanza para abriarme del todo.
Además, tengo sed. No pude tomar ni un trago de agua porque no encontré ninguna canilla en el camino y quería llegar cuanto antes acá. Cuando termine el partido le pediré a alguien si puedo tomar del bidón ese que está atrás del arco. Ahora me quiero quedar aquí.
Está jugando mi papá.
Estoy sentado al costado de la cancha, cerca de una difusa raya de cal que hace tiempo no repintan. No es problema, porque nadie va a discutir demasiado si la pelota se fué o no. Es un lugar donde hay poca acción y sin gran riesgo para ningún arco. Pero a veces pasan cerca y me impresiona la velocidad y la fuerza que tienen. Y él está entre ellos, con más fuerza que ninguno y su camiseta sucia y transpirada. Así como llegan, se van. Igual a un tropel de potros indomables.
Me molesta un poco el banderín descolorido y medio torcido de mitad de cancha, que a veces me obliga a inclinarme para ver mejor qué pasa allá lejos. Porque la cancha es enorme, tan grande que ni siquiera se escuchan las voces de los jugadores. De repente, la pelota sale rechazada volando tan lejos que parece que se va para siempre, pero cae cerca de la otra área. ¡Qué fuerte le pegan a la pelota!
Hace un rato terminó mi partido y me vine corriendo. Todavía estoy agitado. Ni me acuerdo como salimos, creo que fue un empate con muchos goles. Estoy sucio y medio mojado por el sudor. Me arde el raspón de la pierna que me hice al caer en el pasto seco despés de un choque. Las nubes no dejan pasar el calor del sol y sopla algo de viento que me da frío y con el buzo no alcanza para abriarme del todo.
Además, tengo sed. No pude tomar ni un trago de agua porque no encontré ninguna canilla en el camino y quería llegar cuanto antes acá. Cuando termine el partido le pediré a alguien si puedo tomar del bidón ese que está atrás del arco. Ahora me quiero quedar aquí.
Está jugando mi papá.
Pelota manchada
25/4/08
La pelota no se mancha.
Ya sabemos quién, por qué y en qué cirsunstancias lo dijo. Y fué aplaudido por las masas.
Ha pasado el tiempo y, en rigor de la palabra, una pelota limpia es linda y nada más. Atrae y hasta encandila con su lustrosa estética haciéndonos imaginar todo tipo de proezas con nosotros como protagonistas. Todo en potencial, sin vida aún y con todo por hacer, por supuesto.
Una pelota limpia no sabe de caricias que la hacen describir mágicas parábolas con destino de red, su único amor que la cobija y arropa. Nunca fué peinada para pasar, burlona, sobre la salida de un arquero azorado.Tampoco sabe del impúdico puntazo en un desesperado despeje en la polvareda del área chica, con destino incierto y lejano hasta extraviarse en pajonales, ciénagas o turbamultas tribuneras.
No porta, orgullosa, esas medallas verdes del roce con el pasto, marrones de la tierra de los peladales más trajinados de la cancha, testigos lacerados de épicos lances, trabadas y pisadas en agonías crepusculares. Tampoco las blancas o negras de la pintura del arco o de la base del poste, fruto de un impacto que abre el interrogante de su posterior trayectoria, dirimiendo la gloria y el drama de los dos bandos en disputa. Y esa condecoración azul de la tinta que identifica, con trazo tan inseguro como inapelable, a su pequeño propietario de rodillas sucias de potrero.
Tantas manchas puede llevar la pelota como besos le da una madre a su bebé. Y cada una de ellas tiene su historia y su impronta. Ninguna está demás...
La pelota no se mancha.
Ya sabemos quién, por qué y en qué cirsunstancias lo dijo. Y fué aplaudido por las masas.
Ha pasado el tiempo y, en rigor de la palabra, una pelota limpia es linda y nada más. Atrae y hasta encandila con su lustrosa estética haciéndonos imaginar todo tipo de proezas con nosotros como protagonistas. Todo en potencial, sin vida aún y con todo por hacer, por supuesto.
Una pelota limpia no sabe de caricias que la hacen describir mágicas parábolas con destino de red, su único amor que la cobija y arropa. Nunca fué peinada para pasar, burlona, sobre la salida de un arquero azorado.Tampoco sabe del impúdico puntazo en un desesperado despeje en la polvareda del área chica, con destino incierto y lejano hasta extraviarse en pajonales, ciénagas o turbamultas tribuneras.
No porta, orgullosa, esas medallas verdes del roce con el pasto, marrones de la tierra de los peladales más trajinados de la cancha, testigos lacerados de épicos lances, trabadas y pisadas en agonías crepusculares. Tampoco las blancas o negras de la pintura del arco o de la base del poste, fruto de un impacto que abre el interrogante de su posterior trayectoria, dirimiendo la gloria y el drama de los dos bandos en disputa. Y esa condecoración azul de la tinta que identifica, con trazo tan inseguro como inapelable, a su pequeño propietario de rodillas sucias de potrero.
Tantas manchas puede llevar la pelota como besos le da una madre a su bebé. Y cada una de ellas tiene su historia y su impronta. Ninguna está demás...
Fulbito a pesar del fuego
18/4/08 Quema de pastizales en el Delta.
Literalmente, la cosa está que arde. El país está en llamas. El humo invade todo. No se salva ningún sótano ni bodega de su intromisión insolente e invasiva.
Accesos cortados, ojos y vías respiratorias irritadas, la prensa mundial haciendose eco del suceso, que es cuestión de estado formando parte de la agenda en las ríspidas negociaciones con el campo y en la situación lastimera por las pasteras con nuestro hermano país.
¡Hasta las fiestas familiares fureon postergadas por esta causa! Todo lo puede este desastre ambiental sin responsables a la vista.
La cotización del barbijo se disparó a límites jamás imaginados y varios diseñadores de moda trabajan febrilmente en modelos exclusivos que hagan elegante cualquier tos aguardentosa o "de perro" muy en boga estos días. El Cirque du Soleil incorporará un coro de mil personas tosiendo para musicalizar sus acrobáticos números.
Mientras tanto, Michael Jackson se ríe a carcajadas de altísimo tono de aquellos que se mofaron por usar barbijo en lugares públicos hace un tiempito.
Versiones y acusaciones de todo tipo circulan, pero el piromaníaco no aparece. La pista más firme que investigan Randazzo & Piccolotti conduce hacia un audaz intento de parrilleros argentinos de superar el asado récord que se hizo en Uruguay días atrás. Parece que se les cayó el kerosén en las brasas mientras pinchaban un chinchulín y se armó el desparramo.
Otra versión, más reservada y consistente, sindica a un tal Walter Astarloa que continúa lanzando fuegos artificiales en un interminable festejo por el triunfo de Racing, el equipo de sus amores masoquistas.
A los que asisitimos todos los martes al fulbito esta oleada de humo casi no nos afecta, ya que estamos acostumbrados a las vaharadas humeantes de la parrilla aledaña a la cancha, preñadas de aromas que afectan al juego más que la humareda en sí.
Literalmente, la cosa está que arde. El país está en llamas. El humo invade todo. No se salva ningún sótano ni bodega de su intromisión insolente e invasiva.
Accesos cortados, ojos y vías respiratorias irritadas, la prensa mundial haciendose eco del suceso, que es cuestión de estado formando parte de la agenda en las ríspidas negociaciones con el campo y en la situación lastimera por las pasteras con nuestro hermano país.
¡Hasta las fiestas familiares fureon postergadas por esta causa! Todo lo puede este desastre ambiental sin responsables a la vista.
La cotización del barbijo se disparó a límites jamás imaginados y varios diseñadores de moda trabajan febrilmente en modelos exclusivos que hagan elegante cualquier tos aguardentosa o "de perro" muy en boga estos días. El Cirque du Soleil incorporará un coro de mil personas tosiendo para musicalizar sus acrobáticos números.
Mientras tanto, Michael Jackson se ríe a carcajadas de altísimo tono de aquellos que se mofaron por usar barbijo en lugares públicos hace un tiempito.
Versiones y acusaciones de todo tipo circulan, pero el piromaníaco no aparece. La pista más firme que investigan Randazzo & Piccolotti conduce hacia un audaz intento de parrilleros argentinos de superar el asado récord que se hizo en Uruguay días atrás. Parece que se les cayó el kerosén en las brasas mientras pinchaban un chinchulín y se armó el desparramo.
Otra versión, más reservada y consistente, sindica a un tal Walter Astarloa que continúa lanzando fuegos artificiales en un interminable festejo por el triunfo de Racing, el equipo de sus amores masoquistas.
A los que asisitimos todos los martes al fulbito esta oleada de humo casi no nos afecta, ya que estamos acostumbrados a las vaharadas humeantes de la parrilla aledaña a la cancha, preñadas de aromas que afectan al juego más que la humareda en sí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)